Tenemos que hablar de Kevin: la maldad porque sí

Para Hobbes, filósofo inglés del siglo XVII, «el hombre es un lobo para el hombre», lo que viene a significar que el ser humano es malo por naturaleza. Rousseau, filósofo francés, un siglo más tarde, defiende que el estado de naturaleza lo pueblan buenos salvajes. Por tanto, que el ser humano es bueno y empático. Estas dos posiciones tan enfrentadas no hacen más que tratar de dar respuesta a una de las grandes cuestiones de la filosofía: el ser humano ¿nace malo? o ¿se hace malo?. Freud aportó una visión menos extrema afirmando que la naturaleza humana contiene la potencia o facultad tanto de ser bueno como malo. Y es entonces cuando incorporamos el entorno en el que se desarrolla el individuo como una pieza fundamental para resolver una de las grandes incógnitas del ser humano. Como tantos otros temas que afectan al ser humano, esta gran cuestión filosófica ha sido retratada muchas veces en el cine. Buen ejemplo de ello lo constituye la película Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011) ejemplo de la maldad porque sí, sin justificación alguna.

Tenemos que hablar de Kevin

¿Puede el ser humano ser malo por naturaleza?

Tenemos que hablar de Kevin, dirigida por Lynne Ramsay y estrenada en el Festival de Cannes de 2011, es un ejercicio cinematográfico brillante. Asfixiante y perversa, la película, adaptación de la novela homónima escrita por Lionel Shriver y publicada en 2003, cuenta la historia de Kevin y la relación con su entorno más próximo, sus padres y su hermana. Kevin es malo, muy malo. Y quizá nunca sepamos la razón. Aparentemente criado en un ambiente no violento, con buena educación, buen nivel económico y unos padres que le prestan toda la atención. Con esto y con todo, Kevin posee una maldad evidente prácticamente desde que es un bebé. Ramsay retrata magistralmente en Tenemos que hablar de Kevin el enfrentamiento entre una madre (Tilda Swinton) y un hijo (Ezra Miller) que no hace más que sembrar gratuitamente el mal allá por donde pasa.

Tenemos que hablar de Kevin

El dilema de la culpa de los padres

La película plantea, además, la culpa que los padres pueden tener o sentir al criar a un hijo como este. ¿Es posible detectar y prevenir el daño que ese hijo puede causar? ¿Pueden estar los padres cegados por el amor que sienten por sus hijos? ¿Hasta qué punto pueden ser juzgados o culpados?. Casi todos podemos ponernos en la piel de los padres de una víctima, pero ¿qué ocurre con los padres del agresor?. ¿Cómo se sienten ante el rechazo de la sociedad?. El amor y el odio están separados por una delgada linea. La protagonista sospecha la maldad de su hijo. De hecho, parece la única verdaderamente consciente de la anormalidad del niño. Lo verbaliza, presiente quizá algo que el espectador veía venir, pero se siente culpable. Quizá no lo está haciendo bien como madre, quizá la culpa de que su hijo sea así la tiene ella. La película constituye una excelente crítica al concepto ideal de maternidad.

Tenemos que hablar de Kevin: caótica y perturbadora

Tenemos que hablar de Kevin no es apta para todos los estómagos. Puede resultar caótica en principio, pues no está montada en orden cronológico. Inicialmente la cinta nos muestra una serie de recuerdos, aparentemente inconexos, que la protagonista intenta organizar en su mente. La mente de una madre devastada por una supuesta tragedia de la que el espectador no será conocedor hasta el final del filme. Visualmente bella, con una música y colorido que desprende magnetismo en cada fotograma, la cinta es un maravilloso y descarnado drama que será interpretado por mucho espectadores como auténtico terror. Terror porque la historia que cuenta puede ser real, porque podría sucederle a cualquier padre o madre. Quizá el terror más intenso que el ser humano puede experimentar. Creer en la maldad porque sí, sin justificación ni razón, en el placer de dañar a otros y arrebatarles su vida, sus sueños, su todo. En definitiva, creer que no está en nuestra mano la esencia de la naturaleza humana. Creer que Hobbes, quizá tenía la razón.

Situación de la salud mental infanto-juvenil en España

La ansiedad y la depresión son las patologías mentales más comunes en España. A estas le siguen otras patologías como el trastorno bipolar, la esquizofrenia y otros trastornos psicóticos. Se estima que una de cada cuatro personas sufrirá una enfermedad mental a lo largo de su vida, una cifra verdaderamente alarmante. De hecho, el suicidio es la principal causa de muerte, después de los accidentes de tráfico, en la franja de edad entre los 15 y los 29 años. Se desprende de estos datos la necesidad crucial de adoptar medidas que garanticen el derecho a la salud mental de todas las personas sin olvidar a los niños, un colectivo tan vulnerable. Una prevención e intervención temprana ante los primeros síntomas, equipos especializados en el diagnóstico y tratamiento de las patologías mentales así como campañas que ayuden a la sensibilización de la población son estrategias que pueden resultar muy beneficiosas. El estigma social que aún soportan estas enfermedades continúa siendo una asignatura pendiente.


Si te ha resultado útil, comparte…


También nos puedes seguir …

Deja un comentario